EL ERROR DE LOS TRATAMIENTOS DE LA ANSIEDAD

Imagina a Sofía. Sofía podía ser tu pareja, un familiar, tu hija del futuro o tú misma. Sofía tiene ansiedad. Todo comenzó un día cualquiera cuando, en un primero momento, comenzó a encontrarse tal mal como para, tan solo unos pocos minutos después, tener que acudir a urgencias debido a la aparición de multitud de variados síntomas fisiológicos tales como palpitaciones, sudoración, parestesias y mareos. Sofía se sentía tan mal que creía morir. Sofía había experimentado un ataque de pánico.

Desde ese fatídico e inolvidable día en la vida de Sofía nada volvería a ser igual. A diario volvía a experimentar caprichosamente algunos de aquellos síntomas del fatal episodio aunque, eso sí, con menor intensidad. Los mareos eran frecuentes, las palpitaciones continuas y la sensación de ahogo y un nudo en el estómago que pareciera estrangularle el alma ya formaban parte de ella.

Sofía era una chica joven. Hasta ahora siempre fue una mujer alegre, optimista y el buen humor era la idiosincrasia de una personalidad ahora marchita por la ansiedad. Sofía está desesperada, sufre de ansiedad.

¿Qué es la ansiedad?

La mayoría de la gente no sabe qué es la ansiedad. “Una cosa muy mala”, manifiestan algunos mientras otros, en cambio, enmudecen y se encogen de hombros cuando se les pregunta. Sí, “la ansiedad es algo muy malo”, es una sensación francamente desagradable. La ansiedad, toma nota por favor, es la anticipación del miedo; es decir, miedo hacia algo que está en el futuro; y si es cierto que puede aparecer, también es una realidad que, debido a que con el futuro podemos hacer siempre algo, pues tenemos margen de acción, puede ser también que nunca ocurra; no porque nuestra percepción o intuición sobre el futuro sea nefasta sino porque ante el futuro podemos hacer algo, podemos cambiar la línea de los acontecimientos. El cualquier caso, “la ansiedad es una cosa muy mala”. Imagina las sensaciones fisiológicas que experimentarías si, en este momento, un león hiciera acto de presencia en el lugar en el que te encuentras. En ese momento comenzarías a experimentar diferentes sensaciones corporales muy desagradables, ¿no crees? Sin embargo, a diferencia de la ansiedad, los síntomas, esas sensaciones desagradables, estarían asociadas a la presencia del Rey de la Selva, sensaciones que comparten gran similitud con los que experimentamos un martes por la tarde cualquiera cuando “nos viene la ansiedad”. Ahora imagina estar viviendo cada día la presencia de un león pero sin león. Esos síntomas tan desagradables sin motivo aparente.

Sofía tiene ansiedad. En su mente existen leones invisibles, y la pobre Sofía ni tan siquiera es consciente de ello.

¿Sabes que el 90% (este porcentaje me lo acabo de inventar) de todo lo que hacemos es inconsciente? Probablemente el porcentaje sea aún mayor. Escribir estas líneas, pensarlas antes, que tú las leas… ¿Te has dado cuenta cómo has llegado a estar en la posición en la que te encuentras en este momento mientras lees estas líneas? Respirar, comer, bostezar, caminar, subirte la cremallera del pantalón, coger el tenedor. Ve a la cocina y coge un huevo; te espero. ¿Te has dado cuenta de la posición de tus manos a la hora de asir el huevo o la presión que has ejercido en él? Tan fuerte para no caerlo; tan flojo para no romperlo. Solo algunas pequeñas cosas, las que nuestro cerebro no ha podido (aún) mecanizar, son conscientes; como aparcar en ese nuevo y estrecho aparcamiento o elegir plato del menú del restaurante. Eso sí, fíjate cómo tienes cogida la carta. Pues de la misma manera en la que un alto, altísimo, porcentaje de lo que hacemos es inconsciente, nuestra percepción del mundo, nuestros pensamientos, los que en mayor medida disparan nuestra ansiedad debido a la capacidad que tenemos de proyectarnos a un futuro incierto (que puede o no que ocurra), también son inconscientes. De esta manera podríamos decir, por tanto, que tenemos ansiedad pero ¿la tenemos otorgándole una procedencia azarosa o por el contrario, nos la provocamos nosotros mismos? ¿Quizá podríamos haberlo evitado? ¿qué papel desempeña la educación que recibimos no solo de nuestros paredes sino también, y sobre todo diría yo, de la sociedad en la que nos ha tocado vivir? Preguntas que abren un debate que no trato de propiciar en este momento pero que invito, ya que estamos, a la reflexión.

Tengo ansiedad ¿Y ahora qué?

Sofía, como otras muchas personas que sufren los desagradables síntomas de la ansiedad ha intentado, de innumerables maneras, paliar los síntomas; en definitiva, sentirse mejor. Mindfulness, ejercicios de relajación, de distracción mental, estar todo el día distrayendo la mente, chamanes, algún que otro psicólogo y, cómo no, el consumo de psicofármacos, los ansiolíticos. Sin embargo, nada de lo que ha hecho, ningunos de los intentos que a llevado a cabo Sofía han tenido el efecto esperado. Todos intentos fallidos.

Entonces, ¿dónde está el error?

El error no está en Sofía per sé, sino en lo que Sofía ha aprendido sobre la ansiedad, en cómo hemos conceptualizado la enfermedad, sobre todo la enfermedad mental o, me gusta más llamarlo así, los trastornos psicológicos o problemas, mejor aún, psicológicos. La ansiedad como psicopatología no son las sensaciones desagradables que experimentamos en determinados momentos, como la sensación de ahogo, el nudo en el estómago o las palpitaciones; eso, como bien sabes, son los síntomas, las consecuencias de la verdadera psicopatología. De hecho, si la enfermedad fueran los síntomas no estaríamos hablando de psicopatologías, porque los síntomas son fisiológicos (corazón, pulmones, estómago). La verdadera psicopatología cuando hablamos de ansiedad ha de referir no al síntoma sino a la causa que origina el síntoma. La enfermedad no es un tremendo dolor en el pecho, es una válvula del corazón que no está trabajando bien, si hablamos de un infarto. La enfermedad no es no poder mover un brazo, es n daño en determinadas áreas del cerebro dañadas por el ataque masivo del sistema inmunológico que acaban con la mielina de dichas áreas que mandan la señal eléctrica desde el corazón al brazo para que este pueda moverse, si hablamos de Esclerosis Múltiple. La sensación de ahogo, las altas pulsaciones o los mareos continuos no es la enfermedad, es la forma que tenemos de valorar e interpretar el mundo; es decir, nuestros pensamientos los que hacen que nuestro cerebro se perciba amenazado y mande, con la intención de hacer frente a esa amenaza futura, esos síntomas que no son más, y tampoco menos, que reacciones defensivas necesarias en una situación peligrosa.

Así, el error de Sofía, y de muchas otras personas que sufre de ansiedad, es acudir o ponerse en manos no de tratamientos que se ocupen de eliminar las causas que originan los síntomas desagradables de los que somos conscientes sino de métodos de intervención que se ocupan solo y exclusivamente del síntoma por lo que jamás acabaremos con este gran problema llamado ansiedad.

Y si bien es cierto que podemos encontrar una forma efectiva de tratar el síntoma y paliarlo, este llega a aparecer en algún momento porque, y eso es de notable importancia, mientras la causa siga estando presente el síntoma tenderá a manifestarse de alguna u otra manera. Es la forma que tiene nuestro cerebro de avisarnos de que las cosas no están yendo bien, de que necesitamos cambiar; y lo hará de una u otra forma, no se cansará, encontrará la manera adecuada, aunque tenga que instaurarse en tu alma para siempre.

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