«Tranquilo Jose, hoy vas a morir»

Debía ser otoño. En mi memoria aquella tarde oscureció pronto aunque, en realidad, bien podría quizá ser cualquier otra época del año. ¡Ay la memoria, cuánto le debemos y cuántas malas pasadas nos hace experimentar! Supongamos que sí, que era otoño. ¿Es noviembre quizá un buen mes para morir? Ya hacía rato que el día había caído. Debía ser el año 2002, por lo que yo debía tener unos 22 años en aquella caprichosa noche aunque, a decir verdad, bien podría haber sido un año antes o uno después, por eso de la memoria. Eva era el nombre de mi compañera inseparable por aquel entonces, y de eso sí estoy bien seguro. La conocí en el instituto allá por el año 96, cuando ambos éramos unos mocosas adolescentes. Eva y yo acabábamos de llegar hacía pocos minutos a “El Rosal ”, la casa de campo donde, por aquel entonces, vivía con mis padres desde hacía poco más de un lustro . La llamamos “El Rosal” porque en el centro del jardín un enorme rosal se erguía. Es cierto que bien podríamos haberle puesto otro alias a la finca, pues recuerdo que no mucho después de mudarnos a ella el rosal pasó al mundo de los recuerdos, ya que este era feo, sucio, pinchaba todas las pelotas con las que mi hermano y yo jugábamos al futbol y, además, estaba justo en el centro de nuestro “terreno de juego”. Esa tarde habíamos estado un rato con los amigos en un pequeño parque del también pequeño pueblo de la Bahía de Cádiz al que pertenecía “El Rosal”, Puerto Real. Recuerdo una inusual tranquilidad al llegar a casa. Mis padres y mi hermana veían la televisión en el salón, quizá una película de intriga donde el espectador tan solo puede guardar silencio y abrir los ojos como platos con la intención de captar todos los detalles posibles. Recuerdo ese silencio invadiéndome. Quizá fuera eso, el silencio. Eva y yo nos instalamos en mi habitación. Yo me tumbé en la cama mientras ella se sentó en el escritorio a teclear algo. Al poco me asaltó una sensación. Estamos continuamente recibiendo sensaciones, pero ninguna tan penetrante e indescriptible como aquella. Era extraña, desconocida para mí. No me encontraba bien y no podía explicar el porqué. No me dolía nada, no estaba mareado, no me faltaba el aire. Simplemente no me encontraba bien. Despacio, con la calma que pronto me abandonaría, camino hacia el cuarto de baño. Me apoyo con ambas manos en el romo borde del lavabo y me miro a los ojos. “¿Qué te pasa, Jose?”, me pregunto. Me echo agua en la cara y vuelvo a la cama. Alguna gota de agua aún recorre mi frente cuando estas comienzan a mezclarse con un sudor frío que emana de mi interior, quizá de mi alma. Me asusto, y lo peor es que no puedo entender qué es lo que me está ocurriendo. Me vuelvo a incorporar, pues no sé por qué pero no me parece buena idea quedarme tumbado. Salgo al jardín, necesito que me dé el aire. Añoro el rosal; en realidad añoro todo lo que no tenga que ver con este momento. Respiro profundamente al tiempo que noto un entumecimiento en mi brazo izquierdo. Seguro, es el izquierdo. ¿Hasta dónde se puede asustar una persona? Yo estaba a punto de comprobarlo. Ahora le toca el turno al brazo derecho; no lo siento. Entro en la casa, me dirijo al salón y le digo a mi hermana que se vista y me lleve al hospital. “¿Qué te pasa?”, pregunta. “No preguntes y llévame al hospital. Date prisa, te espero fuera”, respondo. Creo que elegí a mi hermana porque con mi padre hubiera sido todo mucho más lento. Aun así, pasado en mi mente un largo tiempo, quizá realmente unos segundos, vuelvo a entrar a la casa y apuro a mi hermana para que se dé prisa. Comienzo a temblar y el corazón pareciera querer abandonarme. En el coche vamos mi madre y Eva en la parte trasera, mi hermana al volante y yo de copiloto. Mi temblor se vuelve exagerado, cual yonki que ansia su último viaje. Silencio, solo interrumpido por mi voz temblorosa que, de vez en cuando, pronuncia, como por inercia, “date prisa, Ana”. Mis pensamientos son una vorágine de ideas, aunque hay una que se repite: “tranquilo Jose, hoy vas a morir”. Yo creía que eso me podría tranquilizar. Nada más lejos de la realidad. Con cada palabra que pronunciaba mi corazón latía más y más deprisa, mi respiración pasaba a ser más agitada y todos mis músculos bailaban al son de mis pensamientos desbocados. Al llegar al hospital noto que no soy capaz de bajarme por mí mismo del coche y tienen que venir con una silla de rueda para sacarme del sarcófago de lata donde pareciera llevar una eternidad. Me tiembla, literalmente, todo el cuerpo. Me acercan a triaje y el médico, al verme, me dice que espere. ¿Qué espere? ¡Qué quiere que espere! Ay Dios, voy a morir. ¿Tan claro tiene que voy a morir que ni tan siquiera va a intentar salvar mi vida? ¿Acaso hay gente más grave que yo en este hospital o en cualquier otro hospital del mundo? ¡Voy a morir y a este señor de rancia y mal colocada bata blanca parece no importarle lo más mínimo! Pues a mí sí me importa mi vida. “Señor (le digo con un tono raro, mezcla de la furia por no recibir un trato digno, alguien que está a punto de morir, y el temor a la propia muerte), ¿cómo que me espere? ¡No puedo esperar, voy a morir!. El médico, en un alarde de serenidad y seguridad en sí mismo, ordena que me pasen. ¡Menos mal! Yo espero que saquen el desfibrilador y las bombas de oxígeno pero no, solo monitorean mi frecuencia cardíaca y mi pulso. “Abre la boca”, me dice. Estoy enfadado. Me cae mal este señor, y no quiero que sea la última persona a la que vea. Abro la boca e introduce una pastilla de color azul debajo de mi lengua y veo el cielo. Mi cuerpo deja de temblar y me invade la paz. ¿Quizá haya muerto ya? No, simplemente he tenido un ataque de pánico.

Jose Capote Psicología Contacta aquí conmigo  
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